Sangre, víceras y otras brutalidades

Han pasado ya 22 años desde que Rick se pusiera la máscara de Splatterhouse por primera vez. En todo este tiempo ha tenido ocasión de acabar con mil y un enemigos salidos del averno más oscuro, todos ellos pixelados al estilo 16 bits.

Tres majestuosas entregas de esta saga que nos ponían en la piel de Rick, un joven cuyo objetivo es rescatar a su amada de las garras de los seres ocuros que la secuetraron. Para ello contaría con la ayuda de una máscara misteriosa que le dotaba de fuerza y otros poderes especiales. Un planteamiento poco original pero que perdura en nuestra mente por lo salvaje de los combates.

Por eso, la idea de una puesta al día de este clásico no era en absoluto descabellada, puesto que se trataba de un clásico de esos con solera. De esta manera, y tras un turbulento desarrollo, por fin nos llega el remake del juego original, con un punto de partida similar, pero con tales niveles de brutalidad que los títulos de finales de los años 80 parecen una fiesta de ‘Teletubbies’.

Respeta los cánones de los viejos beat’em up en su propuesta, pero trata de incorporar las nuevas tendencias del género. De esta manera nos encontramos con un ‘yo contra el barrio’ en el que deberemos avanzar de una sala a otra mientras matamos a todo ser que se cruce en nuestro camino. Por supuesto no se reduce únicamente a eso, ya que incluye un largo listado de combos desbloqueables, recolección de objetos varios, algunos secretos escondidos y un puñado de ejecuciones que harían temblar al carnicero más sádico de nuestro barrio.

Su propuesta, por tanto, no parece demasiado creativa, pero resulta eficaz a la hora de tomar el mando de este Rick hipermusculado. Los problemas empiezan a llegar poco después, con un apartado gráfico que se resiente con tirones y con una cámara poco acertada, un ejército de enemigos que se repiten hasta la saciedad y cierta sensación de monotonía que se consigue apoderar del jugador tras unas pocas horas de juego.

Y es aquí donde Splatterhouse deja de ser un arcade altamente recomendable para convertirse en un título simplemente aceptable que se apoya en la nostalgia del pasado para conseguir atraernos. Ni siquera las secciones bidimensionales consiguen rendir un merecido homenaje al original, siendo burdas copias realizadas con poco tacto. Lo mismo ocurre con su nivel de dificultad, que años atrás consiguió encumbrarle como uno de los mayores retos del ocio interactivo y hoy se torna una sombra de los viejos tiempos.

Este hecho contribuye además a mostrar otra pata que cojea en este título, su escasa duración. Un jugador medio puede conseguir terminarlo en únicamente siete horas, siendo sus extras algo escasos y su rejugabilidad nula.

Podría decirse que este Splatterhouse casi ha llegado por la puerta de atrás, con más errores que aciertos, pero manteniendo el encanto que le hizo ganarse el favor del público. No se trata del mejor juego imaginable, pero conseguirá conquistar a aquellos que añoran los viejos tiempos, donde ‘sólo’ había que aporrear enemigos.

Lo podemos conseguir por 60,95€ en los formatos de Xbox 360 y PS3.